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Somer, el pueblo que no es

General Rodríguez es el pueblo en el que crecí, pueblo chico, tranquilo, con sus chismes, con sus miserias. Siempre ha tenido un clima de vacaciones. Los únicos dos lugares llamativos y conocidos por todos sus habitantes son: La Serenísima y los montes de eucalipto que rodean el Hospital Vicente López y Planes. Son casi destinos de miniturismo pero extrañamente, muy poca gente conoce la existencia del leprosario y menos aun su historia. Ayudan su ubicación inhóspita y el no constituir un lugar de paso.

La Ruta 24 fue construida especialmente para unir el leprosario con el casco céntrico de General Rodríguez. Comienza en el inmenso Hospital Vicente López y Planes y termina en la entrada del actual Hospital Baldomero Sommer (ex Sanatorio-Colonia Buenos Aires). No hay chances de perderse: una línea recta une el punto “A” con el punto “B”.

Conforme avanzo desaparecen los últimos vestigios urbanos: quedó atrás el bosque de eucaliptus, la antigua morgue de la zona (tétrica por cierto), el criadero de lombrices y el abandonado tambo de La Serenísima. Lo que sigue es campo abierto a pleno sol, con las típicas variantes: algunos están arados, otros sembrados, otros inundados, eventualmente hay ganado pastando. Cándidas tranqueras resecas, derrotadas por el sol, pretenden restringir el acceso a caminos forjados a fuerza de transitarlos.

Recuerdo que en estos pagos pasaron sus últimos minutos Forza, Bina y Ferrón. Y pienso que si fuera un sicario este sería un lugar ideal para deshacerse de un cuerpo. Y pienso que alguien ya lo pensó.

A la vera de la ruta un poste marca el Km 23, un bosque de pinos corta la uniformidad de los campos y entre los troncos se pueden divisar algunas paredes blancas. Fin de la Ruta 24. A mi derecha, un arco de cemento escoltado por dos torres. En una torre cuatro gendarmes se encargan de realizar preguntas. Intentan que no se parezca a un interrogatorio aunque los fusiles colgados en las paredes no ayudan. Repasan visualmente mi D.N.I, revisan mi mochila, me miran, me preguntan, se miran, me repreguntan. En caso de no poder ingresar por las buenas, tenía preparado un plan “b” bastante básico: rodear campos, saltar alambrados y correr. Suerte que no tuve que recurrir a ese plan, si se le puede llamar así. Finalizado el trámite, avanzo sobre la calle de ingreso, se llama “Dr. Manzi”. A cien metros el cuerpo central del Hospital.

La colonia fue pensada para auto abastecerse y, por ende, tener el menor contacto posible con los centros urbanos. En las 275 hectáreas que ocupa hay: usina eléctrica, planta purificadora de agua, carpintería, cementerio, crematorio, biblioteca, proveeduría, frigorífico, animales, párroco, monjas, confitería, cárcel, teatro, radio, cuatro barrios (San Martín, Sommer, Madre de la Cruz, padre Ernau) y por supuesto huertas, muchas huertas. Los internos cosechaban sus verduras y criaban animales porque ningún proveedor se atrevía a entrar. Todas las calles están asfaltadas (excepto la que conduce al cementerio) y tienen nombres (Del Relincho, De la Guitarra, Del Estribo, De los Arrieros, De los Baqueanos, De la Zamba, Del Lago). Aquí todo es orden y limpieza.

Césped prolijo, rosales cargados, arbustos, palos borrachos, flores de todos los colores y fragancias. Hasta acá, alguien podría confundirlo con un barrio privado, estilo country, pero no. Acá no viven ricos, acá viven pobres y la seguridad es para los de afuera. El lugar es imponente, no sólo por la cantidad y calidad de las instalaciones, también porque semejante grado de planificación no puede ser otra cosa que producto del miedo. La prolijidad en los jardines es producto del tiempo invertido por quienes han tenido que pasarse la vida aquí dentro.

En total son 12 pabellones divididos en grupos de tres. Tal división actualmente no tiene sentido, pero antes, los enfermos eran separados por sexo, edad y grado de evolución de la enfermedad. Una frontera de alambre, más simbólica que efectiva, aislaba los pabellones de las instalaciones destinadas al personal médico y no médico del Hospital. En el mismo sentido y en tren de imponer fronteras, los parlatorios mediaban entre los internos y los pocos familiares que tenían los recursos económicos y la voluntad de visitar a sus parientes. El Dr. Manzi fue uno de los promotores de transformar en centros de recreación esos antiguos parlatorios.


Obregón

Camino en dirección a la Torre de agua. Un hombre está tomando sol, sentado en un tronco, solo. A su izquierda, las muletas. Tiene un rostro difícil y a priori, pocas ganas de hablar. Se miran fijo con un perro labrador, pienso que de alguna forma se comunican.

Me presento, se presenta. Nos damos la mano, mano y palma (sin falanges), para ser objetivo.

Me cuenta del perro, Cachilo se llama. No tiene dueño, todos lo quieren, todos lo cuidan.

- ¡Ah como la canción de Yapanqui!

- Si pero Cachilo era un hombre. Lo que pasa es que éste parece santiagueño, se pasa el día durmiendo.

Obregón no vino, lo trajeron por la fuerza en 1954. Oriundo de Corrientes, no pasó el examen médico para el servicio militar a causa de unas manchas blancas en su cuerpo.

- Le ponían mal de Hansen y usted ni sabía qué era. Te vamos a mandar a una colonia en Buenos Aires, donde hay equipos de fútbol, cine, baile, todo. Los médicos te dicen la misma mentira siempre. Esto era una cárcel. Si salía con permiso y volvía un día más tarde, me metían en cana. Tres meses vas a estar. Y acá estoy (Se ríe resignado)

El Hospital Nacional Baldomero Sommer recibió, desde 1941, en nombre de la salud pública a hombres y mujeres que llegaban por su voluntad (portando diagnósticos que no llegaban a entender), o contra su voluntad (arrastrados por la fuerza pública y por empujones que solían entender muy bien) con el convencimiento de que permanecerían allí tres meses para después partir. Y no habían cometido crimen o violado ley.

- En el `77 me escapé con mi mujer. Nos fuimos para criar a nuestro hijo, no se permitían chicos acá antes. Te los sacaban y los mandaban a un hogar de monjas. Ni bien nacían se los llevaban. Después mi mujer falleció y yo tuve que volver.

Obregón le está escapando al bisturí. Se dobló el pie derecho trabajando. Como se había escapado de la colonia, tenía miedo de ir a un hospital y que los médicos lo denunciaran (experiencia propia). La suspensión de la medicación, el miedo y la falta de sensibilidad en las extremidades (síntoma propio de la enfermedad), contribuyeron al deterioro de los músculos y la retracción de huesos (también síntomas de la enfermedad). Según los médicos, no se puede hacer nada más que amputarlo para evitar una infección que derive en gangrena.

Casi sin tomar aire me cuenta la negativa y el por qué.

-No me quiero cortar tampoco. Yo jugaba al futbol antes, había cuatro equipos acá. Pabellón 1,2,4 y Barrio San Martin. A veces ni suplentes teníamos, así que jugábamos con cuarenta y pico de fiebre, lastimados, sin arquero o con un abuelo que esté parado ahí aunque sea. Si se iba uno ¡listo! Perdíamos. Y si éramos menos buenos peor (risas). El arquero era siempre improvisado, si la pelota iba derecho atajaba, si iba pa´ un costado era gol. Todos hacíamos un sacrificio para jugar. Eso sí que era amor a la camiseta. Yo jugaba de cinco en Once Corazónes.

Pero, había mucha unión acá, mucho compañerismo y ahora no. Cada uno tira pa´su molino como se dice. ¿Sabes qué pasa? Hay mucha gente sana ahora. Juventud a patadas pero no pueden formar un equipo.

La juventud de la que habla Obregón son los chicos que nacieron después del 1983, antes la historia era muy distinta. Desde las instituciones religiosas con presencia en los leprosarios, nunca se propició la anticoncepción. Aún cuando desde la medicina se creía que la enfermedad se transmitía también por vía placentaria. Y allí donde los humanos van, los acompaña el sexo y obviamente, los embarazos sucedían. Después de la muerte, no había peor noticia en la comunidad que un embarazo. Porque, apenas nacían esas criaturas, eran trasladados en ambulancia a un hogar de monjas llamado Colonia Mi Esperanza (actual Fundación Felices los Niños). En tanto las madres parturientas sólo podrían visitar a sus hijos un máximo de tres veces por año, sin nunca poder tocarlos. Cruel precaución.

Pero la lepra no se transmite por vía placentaria: los hijos de quienes sufren la enfermedad llegan al mundo abrumadoramente sanos. Seguramente esto explica la construcción en 1993 del pabellón psiquiátrico usando, paradójicamente, parte de las viviendas de las Hermanas Religiosas. Corolario de tanta brutalidad, de tanto cruel despojo.

Dory

Arranco con algunos números: Dorotea (Dory para los amigos), tiene 79 años. Hace 58 que vive en el Sommer. Es no vidente desde los 19 y hace 13 que vive en el pabellón psiquiátrico. Si bien no tuvo que pasar por la traumática experiencia de que le arrebaten un bebé, no tuvo una vida para nada risueña.

Bajita, muy flaquita, las manos como garras. Su tono de voz no denota precisamente tristeza, incluso se ríe mucho con lo que alguna vez fueron labios. Habla sola, ríe sola y llora sola pero basta escucharla para entender todo.

Nos sentamos en una especie de plaza, un cartel dice: “Paseo Monseñor Áspe” y es inevitable preguntarse quién habrá sido. Hay bancos y mesas con tableros de ajedrez cerámicos. Cruzando la calle “De los Arrieros” alcanzo a leer otro cartel, dice: “Anatomía Patológica”. Acá todo es así, muy crudo: el crematorio (inactivo), está a cien metros de la proveeduría. Eso sí, el cementerio está más apartado.

Dory tiene una curiosidad lógica por ese mundo que está afuera y que naturalizó como ajeno. Volcó sobre mí una catarata de preguntas y una vez que le conté mi vida, ella me contó la suya. Fue un pacto ecuánime.

- A ellos no les gusta que uno diga “lepra”. Ellos quieren que uno diga “Hansen” o “hanseníase” pero es muy difícil decir esa palabra, así que yo digo “lepra”, ya no me da vergüenza.

Yo cuando nací mi vida comenzó mal. Después de esa fiebre, empezó la lucha allá en casa. Mamá tenía manchas y papá empezó con los ojos, ya casi no veía. Después de esa fiebre.

Sí hasta el mismo cura nos prohibió ir a la iglesia. Por los otros, por el pueblo. Nos tenían miedo.

Dorotea nació en Galcedo, Chaco. Antes de ser derivada a Colonia Buenos Aires estuvo un mes en Isla del Cerrito, uno de los cinco leprosarios que funcionaban en el país.

- Nadie sabía de dónde venía esto. Ni los médicos sabían. Entraban al pabellón con una máscara, guantes, un delantal, todo. No entraban así nomás. Yo era perfecta. Sólo tenía unas manchitas acá, así, pero después del tratamiento se me fue todo (se lamenta de no tener una foto para mostrarme)

- Pero es así hijo…

Yo no lo perdono a dios si me mandó esto. No lo perdono. Si es que él me mandó esto y todavía después me deja ciega. Con lo que a mí gustaba leer, bordar, hacer crochet.

Yo no creo en nada más, no puedo…

Dorotea está siendo tratada de su depresión pero reconocen que en estos casos, poco o nada puede hacer la psiquiatría clásica. La problemática es muy compleja porque a muchos la institución los salvó. Pero a otros les quitó el mundo y - ¿Cómo se reinserta a esa gente en la sociedad, si hace cincuenta años que están internados? Se pregunta la Jefa del Servicio de salud mental Dra. María Cristina Pesce.

- Lo cierto es que todo lo que desde la salud pública les podemos dar, se los quitamos primero. Son comprensibles los arrebatos, los enojos de algunos pacientes. Este Hospital es su casa, su familia, su oficio, su torta de cumpleños, su cena de navidad y también su verdugo. Ese posicionamiento dual y tan extremo de la institución, mina los planes de reinserción desde sus cimientos. Toda la plantilla médica del hospital es conciente de esta situación. Nos manejamos con ciertas consideraciones, el lugar, su historia lo amerita.

La Comunidad

Un cartel blanco y azul indica el camino a seguir para llegar al cementerio. Hay que caminar algo más de un kilómetro por camino de tierra. Lo limita y delimita hacia el norte el Río Cascallares, única vía de escape para muchos durante años. De momento, hay 93 tumbas, no nichos, tumbas como las de las películas. Todas con sus respectivas lápidas de cemento y placas de acero cromado. Los epitafios no varían demasiado, es que a los muertos del Sommer, los honran sus pares. En su mayoría están firmados por La Comunidad y resaltan la lucha tenaz e incansable contra la enfermedad.

Es realmente fácil ganarse la amistad de estas personas, irradian afecto, como si todos estos años de reclusión forzada lo hubiesen estado conteniendo. Me despedí de todos los que pude y me prometí, les prometí, volver para la re-inauguración de la peña folklorica “La Alegría” a principios de octubre. Dory, por su parte, me invitó a su cumpleaños así que la veo en septiembre.

Me fui con el convencimiento de que a estas personas se las debe escuchar muy atentamente interviniendo lo menos posible, básicamente porque no hay parámetros compartidos. Yo pude estremecerme con algunos relatos y quedar al borde del llanto con los silencios de Dory pero, cómo darle real dimensión (no hablo sólo de empatía). No poder olvidar las tragedias individuales me llena de angustia, pero me pone más cerca de ellos.


Gabriel Ciccarelli

Mar infierno

Port de Rochefort, Francia. Año 1817 de Nuestro Señor.
Juicio político al vizconde Hugues Duroy de Chaumereys, Capitán de la fragata real francesa Medusè.. Extracto de la declaración de Phillip D’Anrevs, tripulante de la fragata:


(…) Éramos 147 almas a bordo de una balsa improvisada con los restos del navío. Dos horas después de haber subido a ella, ciento cuarenta y siete pares de ojos vimos, presas del terror, cómo las amarras que nos conectaban con la salvación de los botes dejaban de estar tirantes y se convertían en meras sogas que serpenteaban a medida que las recogíamos desde la balsa. A lo lejos, nuestro capitán, ese canalla que hoy debe soportar este juicio, se iba con nuestra esperanza de ser rescatados y nos dejaba con una caja de galletas y sólo tres cascos de vino.

Cuatro o cinco hombres se arrojaron al agua, aterrados con la idea de permanecer a la deriva. No volvieron. De los que quedamos en la balsa, el primero en caer fue Phillip, un oficial que se había desesperado cuando vio alejarse al capitán. Enloqueció horas más tarde. Se tiró de la balsa e intentó seguirlos a nado después de que ya hubiésemos perdido de vista los botes salvavidas. Después de un tiempo no lo vimos más en el agua.

Pasaron tres días. Nuestros estómagos eran una sinfonía desafinada. El hambre gritaba desde que la única caja de galletas que habíamos rescatado de la fragata se había esfumado durante las primeras veinticuatro horas. Tres hombres habían tomado el camino fácil: sus cuchillos los llevaron a un mejor lugar. Un viejo se lamentaba de su larga vida cuando vimos en el horizonte un triángulo que se movía. Ninguno de nosotros quiso siquiera decir en voz alta lo que la mente gritaba. Nos quedamos quietos y en silencio, incluso los que se habían ofrecido a tirarse al agua para empujar la balsa a medida que nadaban. Cuando desapareció la silueta, fueron subiendo a la balsa de a uno por vez y lentamente.

Entonces desapareció Jean, que esperaba su turno para subir. Detrás de él quedó el eco de su grito y una mancha de sangre. Los demás se apuraron en subir, pero algo empujó la balsa y varios caímos. Nos aferramos a la madera y nos desesperamos por volver a subir. Los que habían permanecido arriba nos intentaban socorrer.

El tiburón tuvo su festín esa tarde. Ninguno de nosotros volvió a moverse durante esa noche ni tampoco al día siguiente. Quedábamos no más de noventa hombres.

El sol del cuarto día se levantó demasiado naranja, enfermo. No llegó hasta el mediodía y las nubes cubrieron el cielo. Esperamos el agua salvadora de cuatro días de sed. Jamás llegó. Siete hombres se suicidaron en menos de cincuenta horas. Algunos por temor al tiburón, otros de la desesperación. Ninguno de los que sobrevivíamos quería hacer un recuento de los que quedábamos.

Al día siguiente, la sed se convirtió en algo imposible de seguir soportando. Fue entonces cuando el ingenio del geógrafo del barco, Alexandre Corréad, nos sugirió la más atroz de las ideas hasta el momento. Y digo hasta el momento, porque luego tendría otra aún peor. Era una tortura sabernos rodeados sólo de agua y que no pudiésemos beberla. Corréad recurrió a la mezcla de ese mar salado y nuestra propia orina. Así nos mantuvimos durante los siguientes días.

Una semana y varios desmayos después, el monstruo blanco volvió a aparecer a lo lejos. A mi lado, Corréad lo señaló y me susurró: “el tiburón”. Me incorporé a pesar del dolor de las quemaduras por el sol. La piel me tiraba, resquebrajada por la sal seca que se había pegado a mi cuerpo. Y allí mismo se produjo la rebelión.

El centro de la balsa se volvió el sitio más codiciado. Era algo evidente: cuanto más alejado del agua, más seguro se encontraba uno. Pero la lógica del tiburón era especial. Cuando se acercó, pegó en todas partes, arrojando al agua a muchos. Mientras el monstruo marino embatía nuestro improvisado navío, arriba se sucedían las luchas por sobrevivir. Una especie de guerra civil.

Todos contra todos, la supervivencia del más fuerte. Entonces algunos desenfundaron sus armas y arremetieron contra los que osaran quitarles el centro de la balsa. La lucha se cobró otras cuarenta vidas. Algunos cuerpos cayeron al mar, distrayendo y contentando al tiburón. El resto quedaron esparcidos sobre las maderas sobre las que flotábamos.

Entonces Corréad y Henri Sivigny, el cirujano, tuvieron la otra idea que marcaría nuestras vidas, como si no hubiese sido suficiente con lo que habíamos vivido desde el momento del naufragio. El hambre ya era atroz. Algún loco por la insolación sugirió matar al tiburón, pero éste ya se había alejado. Además, no nos quedaban balas. No sabíamos cuánto más estaríamos a la deriva en aquel interminable universo marino.

Cortaron en tiras la piel que le sacaron a los cadáveres. Sivigny sabía cómo despellejar un ser humano de manera tal que la piel se volviera lo suficientemente fina como para que el calor del sol la secara y la pudiésemos ingerir. Algunos se negaron a la práctica canibalística. No puedo culparlos, siguieron fieles a sus principios hasta que murieron famélicos. Los que sobrevivimos sabíamos que nos habíamos convertido en monstruos.

La antropofagia, el pecado, el sacrilegio. Sin embargo, debo decirles que estábamos seguros de que el infierno no nos esperaba, el infierno era aquéllo. Dios nos había olvidado en altamar y el diablo estaba de parte de Chaumereys. Estábamos abandonados a nuestra propia suerte. ¡Y vaya que era una pésima suerte!

Corréad gritó cuando vivíamos el noveno amanecer. En el horizonte había otra fragata, parecida a la que nos había llevado a la calamidad que estábamos sufriendo. Nos desesperamos, gritamos con lo poco que quedaba de nuestras fuerzas. ¡Parecía como si supieran lo que nos había sucedido y lo consentían! ¡No volvieron! ¡Nos ignoraron como horrorizados de rescatar a la plebe que merecía aquel castigo!

Los últimos tres días hoy son borrosos y monótonos. Transcurrieron entre nuestro canibalismo imperdonable y la lucha por encontrar una razón para seguir existiendo. Sólo vuelve a mi memoria el último. Creo que fui el primero en ver algo diferente a la masa uniforme de mar y cielo. Me incorporé haciendo un esfuerzo sobrehumano, pero sentí que era el único que podría hacerlo. La desesperación me llevó a buscar la puerta del infierno que nos llevara a la vida nuevamente.

Agité mi camisa, lo que quedaba de ella, desesperado. No me veían, no giraban. Sentí que una mano sujetaba mi pie y volví mi cabeza hacia el piso de la balsa. Baptiste, un viejo tripulante, me miró. Sus ojos ya estaban sin vida, sin fuerza alguna. Cayó su cuerpo y su cabeza pegó contra la madera húmeda. Me volví nuevamente hacia el horizonte donde se dibujaba la silueta de la esperanza. Entonces, frenéticamente, Corréad me alzó en sus hombros con la ayuda de Sivigny. Estaban débiles, todos lo estábamos. Pero logramos que mi camisa hecha jirones flameara más alto todavía.

Y entonces lo vimos. Tres hombres se arremolinaban en el piso de la balsa, luchando con todas sus fuerzas contra la muerte. Las lágrimas se agolparon en los ojos de mis elevadores y en los míos. Unos estiraban el cuello para ver qué sucedía. Otros cerraban los ojos para no ver la realidad. Todos ellos me escucharon decir: “El carguero ha virado hacia aquí”.

Aldana Vales

Una eterna agonía

Nunca hubiese imaginado que la aventura de embarcar rumbo a Senegal fuera a terminar en un arribo al infierno. El cálido roce del brazo de mi padre en la cintura es lo único que me hace creer que aún no he llegado al reino de Hades, donde los tormentos y padecimientos de cuerpo y alma de ningún modo pueden ser peores que esta dolorosa agonía.

Me encuentro rodeado de terroríficas imágenes que sobrevuelan mi existencia, poco a poco dejo de sentir la densidad de mi cuerpo. La tonalidad de los colores es ahora confusa e ininteligible, a mi alrededor todo se mueve con una lentitud extraña.

Estos eternos días de naufragio borraron cualquier momento de felicidad vivido. En mi mente, la crueldad humana y la de la naturaleza misma son todo cuanto puedo recordar; como si hubiese nacido en esta balsa con el único fin de perecer, y de una forma espeluznante.

Siento que a esta altura de las circunstancias un frágil hilo es lo que me une a esta tierra, tan maravillosa y perversa. Hay tantas cosas que me quedan sin realizar, tantos anhelos, tantos sueños, tantos proyectos; y el solo hecho de pensar que gracias a la crueldad y a la bajeza humana más profunda todo esto no va a poder ser, es algo que me atormenta como ninguna otra cosa me ha atormentado en la vida.

Es llamativa la displicencia con la que una persona puede disponer de la vida de los demás como si fueran simples animales enviados a un matadero. Soy conciente que a lo largo de la historia de la humanidad sobran los ejemplos de personas (si es que pueden ocupar esta categoría) que con la misma naturalidad con la que visten y desvisten su cuerpo han decidido de manera categórica la continuidad o discontinuidad de la existencia de seres de su misma raza, y este naufragio es puramente producto de hombres así.

Todavía puedo recordar Aix, ese pequeño paraíso terrenal, ese jardín en miniatura repleto de naturaleza y libertad; libertad que perdimos en el preciso momento en que decidimos abordar La Medusa para dirigirnos a las posesiones francesas en el África occidental. Cómo desearía no haber subido nunca a ese barco.

Tanto mi padre como yo estábamos muy entusiasmados con la propuesta que habíamos recibido hacía ya tres meses de parte de un puñado de funcionarios ligados a Luis XVIII y contrarios al régimen napoleónico, que son los mismos que ante el naufragio ocuparon los primeros lugares en los escasos botes de salvamento de la embarcación. Gracias a ellos en definitiva es que soy presa del delirio y la alucinación.

Mi padre siempre me enseñó que la esperanza es lo último que se pierde, que hay cosas que nos superan a nosotros mismos y que vale la pena luchar por esas cosas, pero a decir verdad creo que lo que vivimos en estos días le quitó todas las esperanzas de tener una vida mejor, más plena, más justa en todo sentido.

Su rostro sin expresión mira hacia el horizonte como pidiéndole a fuerzas misteriosas que acaben lo más pronto posible con este calvario. Creo que mi presencia en la balsa es el único motivo por el cual todavía no ha decidido entregar su vida, quizás con su actitud quiere darme el último gran ejemplo de lucha frente a la adversidad, aunque más que el deseo de supervivencia es la desesperanza la que ha invadido su voluntad.

Cada tanto abro los ojos esperando que todo sea una horrible pesadilla, pero la realidad está firme ahí, y más latente que nunca. Decenas de cuerpos amontonados unos contra otros, vivos y muertos, hombres, mujeres y niños, algunos gimiendo de dolor, otros derramando lágrimas suplicantes y algunos entregados a la desesperanza, inmóviles aguardando su final. Los segundos son agujas clavándose en mi piel, el día y la noche sinónimos en el sufrimiento; y la luna y el sol testigos de una tragedia que pudo ser perfectamente evitada de haberse querido. Pero ya no hay lugar para el lamento, soy resignación. Todo mi ser acepta la verdad que me toca vivir y vive una verdad por la que ruega morir.

Los males de mi cuerpo abandonan sutilmente su flagelo, mis quemaduras reciben la sorpresa de una fresca brisa no generada por el viento. El mar, antes bravo y en constante acecho, ahora mece mi cuerpo cariñosamente y me envuelve en un mágico sueño del que nunca querré despertar.

Mis ojos no desean volver a ver, ni mis oídos a oír, no hay aromas que seduzcan mi olfato ni deseos que inspiren el latido de mi corazón. El cielo, el mar, las montañas, el amor, la gloria, el poder son nada ante el fervoroso afán de partir a tu lado. No hay otro deseo, no hay otra plegaria ni otra solución, mis esperanzas no consisten en un milagro que me permita seguir respirando, sino en dejar de hacerlo.
……………………………..


Las plegarias fueron escuchadas, mis gritos ahogados por el dolor, los huesos entrelazados lacerando la carne, los músculos desgarrados, el agotamiento atroz, un miedo que hace rechinar los dientes, el punzante tormento del hambre solo superado por la implacable sed que trastornaba mi razón, al fin conmovieron a la parca. Tanto huí de ti en estos años, tanto temí encontrarte y ahora que me vienes a buscar tu dulce figura es gratamente bienvenida. Bendigo tu piedad y la de quienes te enviaron, soy felizmente tuyo. Nada me ata a este mundo más que el pavor de seguir un segundo más perteneciendo a él.

El renacer fue hermoso. Mi espíritu abandonó suavemente su anterior morada, y ahora flota y se eleva libremente. Como por reflejo, toma distancia rápidamente del lugar donde pasó sus últimos momentos para después detenerse a contemplar la pintura que iba a dejar atrás.

Mi cuerpo vacío. La balsa, su condenación; el mar, su tumba, injusto final para su juventud que tanto tenía por delante. Sin embargo no ocasiona en mí lastima alguna, soy feliz. Solo la figura de mi padre conmueve aún mi esencia. Allí, aferrado a mí y llorando desconsoladamente, déjame ir ya padre y aléjate tú también, sigue mi camino, que mis pasos guíen los tuyos por un sendero de rosas y jazmines, toma mi mano y recibamos juntos como premio la ambrosía. Comamos de ella y brindemos luego con el elixir de la gloria para finalmente descansar en paz por siempre.

Rodeando la silueta de mi progenitor, más de un centenar de almas claman por piedad, por justicia, por algo que nunca recibirán, al menos de las manos de los aristócratas pudientes que las abandonaron a una muerte segura y terrible. Un grupo de ellas, avocadas al solo afán de sobrevivir, empeñan su ser y se sumergen en la antropofagia, respaldados por la superioridad que por simple azar recibieron de la naturaleza.

La degradación del hombre a un estado inferior de salvajismo e irracionalidad se hizo patente y latente en esta travesía por el desconcierto y la desesperación.

Cuando uno se encuentra en condiciones infrahumanas de supervivencia comienza a actuar como un verdadero animal. Ruego a mi Dios el perdón por las atrocidades cometidas por todos nosotros y anhelo su misericordia teniendo en cuenta los padecimientos a los que nos vimos expuestos luego del fatídico día en que La Medusa se hundió.

De manera ruin y divertida solo para sí mismo, el viento incita a la vela a impulsar a la barca en dirección contraria a la única y lejana ilusión de ponerse de una vez a salvo. Con ojos desahuciados y el alma en vilo, suplican a los cielos salir ilesos de la tragedia.

No rueguen por continuar en el calvario de la vida, guarden sus plegarias para limpiar sus miserias y las de aquellos que aman. Cuando estén aquí usen sus palabras para implorar justicia frente a los que hicieron de nuestros últimos días la más dolorosa de las agonías. Aquellos que con tanto egoísmo son capaces de perder su humanidad por vivir, sepan que solo vivirán para morir y el naufragio de su alma por océanos de sangre y corrupción tendrá como único destino el infierno.


Ignacio Armando