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No todo es Bariloche y esa cosa que nos regocija

por María Elena Furlong


Temprano, 7:30 AM, con el equipo de mate, el pelo medio revuelto y la voz todavía algo áspera me subo al auto, de copiloto. Un papelito con las rutas a seguir nos guiará los próximos 330 kilómetros que unen Pedro Luro a Carhué. Una parada en una estación de servicio de Bahía Blanca a recargar el termo y comprar unas medialunas para desayunar es el único momento para estirar las piernas. Mientras el sol asoma, entre un poco de charla, otro poco de lectura y un poquito de silencio, cruzamos “el rincón serrano del orgullo nacional” como reza una letra de Almafuerte. Las sierras se nos presentan para deleitar nuestra vista por un rato. –En una de esas, termino viviendo en un ranchito ahí arriba- comento señalando la sierra que le dio el nombre a todo el cordón, con el agujero en la cima que simula ser una ventana. Ella ríe.

Continuamos cruzando puentes de arroyos y de a poco vamos dándole la espalda a aquella asombrosa postal. Se puede apreciar a simple vista a medida que avanzamos unos kilómetros, en la vegetación y en los cultivos aledaños, las variaciones de los niveles de precipitaciones. Qué hermosa y generosa es nuestra pampa húmeda. Finalmente, el cruce con la ruta 60, que nos conduce los últimos 35 kilómetros hacia la localidad de Carhué, bañada en sus costas por el saladísimo Lago Epecuén.

***

Villa Epecuén era el nombre que recibía una villa turística bonaerense, ubicada a 12 kilómetros de Carhué, a orillas del Epecuén, en el partido de Adolfo Alsina, muy cerca del límite con la provincia de La Pampa. Su creación data de la década de 1920, y a partir del paso de tres líneas de ferrocarriles y la incipiente industria hotelera termal, logró consolidarse como tal y permitir el aluvión constante de turistas. Su población constante era de tan sólo 1500 habitantes, pero durante la temporada alta de noviembre a marzo recibía alrededor de 25000 turistas. Nada mal para el turismo regional.

El 10 de noviembre de 1985, a las tres de la mañana, el terraplén de tierra y piedras construido para contener las crecidas del lago se rompió y el agua pasó, inundando así a toda la Villa. Para 1986, el pueblo poseía cuatro metros de agua en sus calles, llegando en 1993 a más de diez metros.

-Algunas personas se lo esperaban, tenían sus cosas guardadas en cajas, arriba de los muebles, pero a otras personas el agua los sorprendió durmiendo, cuando se mojaron la espalda. Nosotros sacábamos y trasladábamos las cosas arriba de las camas de dos plazas viste? Funcionaban de balsas- me comentaba Rubén Besagonil, un ex habitante de Epecuén.

***

El pueblo de Carhué tiene aproximadamente once mil habitantes. Como era de suponer, alrededor de su impecable plaza central están sus principales instituciones, entre ellas la Iglesia y la municipalidad. –No querida, agarrá y andá por Pellegrini hasta Belgrano, doblá a la derecha y pegale hasta Colón. Ahí esta la terminal de ómnibus. Vas a ver que adentro está la Oficina de Turismo- me dijo una de las mujeres que atienden en la mesa de entrada de la municipalidad.

Seguimos con lo recomendado y dimos con el objetivo. Un joven, la única persona en la pequeña Oficina, me da las instrucciones para acceder a la Villa y unos mapas que sirvieron de guía a lo largo de toda la jornada. Suena el teléfono, responde unas inquietudes, corta y enseguida se sumerge nuevamente en nuestra conversación. –Y… el tema de la inundación, o sea, en el año 40 ya hubo también un problema en el que casi quedamos todos bajo agua…- anuncia. Y comienza a contarme un poco de información necesaria para entender lo que pasó. Entender lo que pasó, pienso yo, entender lo que pasó…

***

El Lago Epecuén es el último eslabón de una cadena de lagunas llamadas Encadenadas, las cuales vierten sus aguas en él. Por su alta concentración salina, la laguna es híper marina, diez veces superior al mar. Sus aguas se aprovechan para combatir depresión, afecciones reumáticas y de piel y agotamiento psicofísico. El clima de la zona es “bipolar”, hay años de intensas lluvias y años de largas sequías, debido a estar ubicada entre la pampa húmeda bonaerense y la sequedad de la provincia de La Pampa. En los años ’50, durante una larga ausencia de lluvias, el lago casi desaparece. La gente exigía la entrada de agua, y luego de varios años, el gobierno provincial construyó el canal Ameghino, una obra que conectaba varias cuencas y regulaba el caudal de agua de todas las lagunas de la región. Con este sistema ninguna se secaría y no había riesgo de inundación. Pero no se controló más a partir del golpe de Estado de 1976. –Se abrió la canilla, pero no se la cerró más- graficó Rubén Besagonil.

***

-¿Estaba previsto que se podía inundar?- pregunté al joven de la Oficina de Turismo

-Estaba previsto, por supuesto. Se podría haber prevenido un poco el tema, de tratar de hacer un terraplén mucho mejor, pero bueno… La gente se quedó en el molde, digamos, y no quisieron hacer nada- contestó.

-¿Y las autoridades?

-Y las autoridades tampoco.

Más tarde, ex habitantes de Epecuén comentaban que el problema en un momento fue la falta de decisión y consenso en el debate planteado a raíz del problema del constante crecimiento del lago. Algunos pedían las obras hidráulicas necesarias, otros pedían el reforzamiento del terraplén. Muchos intereses en el medio.

-Una vez ocurrida la tragedia, se hicieron las obras de hidráulica necesarias para el mejor control del agua, y hoy en día está bajo control. Igualmente estamos en una época de sequía importante que permitió la retirada de una buena parte del agua- me informó el joven.

-¿Carhué corre peligro también?- pregunté luego de ver fotos donde el agua llegaba hasta el camino de la costanera, años atrás.

-No, en este momento no. Ahora el lago tiene un tamaño ideal, el de toda la vida, que es el que llegaba hasta Epecuén, volvió a su cauce natural. Ahora ya no pasa más nada, ahora tiene que llover muchísimo, tiene que pasar un desastre natural como para que Carhué se inunde.

Y yo, sigo tratando de entender lo que pasó…

***

El día está hermoso. Un soleado día de invierno. Siempre me gustó el sol de invierno, es el más delicado del año, como una suave caricia. Vuelta al auto, en la radio sintonizada en una AM de Bahía Blanca, están diciendo que hoy se cumplen diez años de la muerte de Favaloro.

Con la ventanilla un poco abierta vamos por el camino de la costanera hacia la Villa.

-¿Sentís el olor a sal? ¿Sentís el olor a mar?- me pregunta ella.

Sonrío y asiento. Efectivamente, el gustito salado estaba en el aire… Fuerte, penetrante…

Al ver que el camino estaba cortado por reparación, bajo a preguntar al hombre que allí trabajaba por dónde tenía que seguir. Luego de escuchar sus explicaciones y al verme cómo observaba el paisaje y la obra me dice sonriendo: -Desastre, ¿no?

Desastre sería lo que vendría después.

-¡Cómo vuela la sal! ¡Qué inhóspito! ¡Qué sensación de tolerancia de la gente! No todo es Bariloche y esa cosa que nos regocija, la aridez tiene su encanto- reflexiona mientras maneja. Coincido.

Mientras avanzamos se pueden ver al costado del camino los postes viejos que llevaban la electricidad a la Villa. Tienen los cables cortados colgando y en casi todos hay nidos de teros y horneros. Paramos un rato a ver bien una construcción abandonada a lo lejos, del otro lado del alambrado. Es el Matadero, tiene sus partes derrumbadas, está teñido de blanco como todo a su alrededor, y los árboles que lo rodean están completamente secos.

La vieja estación de ferrocarril está ubicada en la entrada de la Villa. En 1985 el ferrocarril fue fundamental a la hora de la evacuación de todo el pueblo. Un gran cartel gastado típico de estación vieja, dice Lago Epecuén, al costado de las vías. Está todo abandonado, a las ventanas le faltan los vidrios y a las paredes les faltan las puertas. Sobre las vías, el pasto crecido indica que el tren dejó de pasar hace un buen tiempo.

Continuamos por el camino de entrada. El asfalto está, en varias partes, poceado y lleno de baches. A los costados dos hileras de grandes eucaliptos nos guían a lo largo del último tramo de camino.

Lo que vino, por un momento, nos dejó sin palabras. En silencio, avanzamos a paso de hombre, mirando, contemplando… Un escenario digno de una película de terror. Casi todos los edificios derrumbados, cubiertos de tierra, postes caídos formando ángulos de 45°, árboles muertos y mucha, pero mucha sal.

Dejamos el auto sobre el final de la Avenida de Mayo, que alguna vez fue la arteria principal del pueblo. La Avenida en realidad continua, pero esa parte está sumergida. Hacia el final verdadero de la misma se divisa el gran tranque, otrora anaranjado, del Complejo Balneario Municipal que continua bajo agua. Una leve brisa constante nos golpea y nos susurra un aire de desolación.

Y empezamos a caminar. La sal se nos pega en la suela del calzado formando una gruesa capa blanca manchada de barro. Varios carteles con indicaciones como “No pasar: zonas derrumbadas y fosas abiertas” o con información sobre algunos lugares reconocidos que hoy se reducen a ruinas. Las fotos de los carteles nos dan un escaso panorama visual de lo que alguna vez había sido la Villa. Hermosas construcciones, lugares bien distribuidos, espaciosos… Al lado, una enorme pileta de concreto llena de ladrillos y palos, y un poco más allá un aljibe, también tapado de escombros.

El olor a sal es constante, pero a medida que nos acercamos al agua se vuelve más fuerte, en partes nauseabundo. Es increíble, pero todo está intacto: un limpiavidrios todo doblado y granulado, botellas, un montón de botellas. De todo tipo: de aceite, de gaseosas. Un sifón de soda emerge de lo que ahora es un charco. Inodoros destruidos, calefones y cocinas corroídas y oxidadas. Una bañera medio enterrada con una carretilla encima totalmente oxidada al punto de parecer de cartón.

-¡Mirá la campana!- me grita señalando una campana que había corrido la misma suerte que los calefones y las cocinas. Sí, seguimos sorprendidas. Es que uno piensa, intenta comprenderlo. Dejar todo atrás, rehaciendo o construyendo con alguna modificación lo que ya se tenía. Escapar, escapar del agua. De esa misma agua que tanta prosperidad había traído, que tanto había dado y que un día les quitó.

-Si salíamos a gritar en los medios, no venía la gente y nosotros vivíamos del turismo, pero si no salíamos a gritar, nos inundábamos…- me comentaba posteriormente Rubén.

Me habían comentado también que en Epecuén quedaba un solo habitante, un hombre de 85 años, que en realidad era “de por ahí” y que nunca había abandonado la Villa. Fui con alguna ilusión de cruzarlo pero lamentablemente eso nunca ocurrió. Quizá hubiera sido muy interesante.

Continuamos caminando, a mi lado cruzó una cañería rota, perdiendo agua. En las calles que desembocan y terminan sumergidas en el lago corren desfiladeros de agua, evidencia del retroceso del agua. Las pocas casas que quedan a pie, adentro tienen mínimo 50 cm de tierra y arriba de eso, escombros, o partes de techo caídos. Las paredes muestran los niveles del agua, cómo fue bajando. Un auto (en realidad sólo la estructura de abajo del auto) mitad enterrado, totalmente oxidado, descansa en una calle a pocos metros inundada.

De repente pego un grito y un salto, y después me río de mí. Una escultura de un perro me asustó. Pero no cualquier perro: tiene una pose de guardia, está decapitado y bastante destrozado. Da miedo.

Los árboles, todos secos y muertos, teñidos de blanco y con sus ramas peladas parecen sacados de una película de Tim Burton.

-¿Te imaginás venir de noche acá? ¡Ni en pedo!- me dice

-No, ni en pedo- pienso. Y me imagino todo ese escenario, tan pálido, una noche de luna llena. Brillaría en la oscuridad. Qué paradoja.

En el piso se forman una especia de ramificaciones de sal que, al pisarlos o patearlos se destruyen. Parecen pastos cubiertos por esa gruesa capa de sal que todo lo cubre.

-Bueno, ¿vamos yendo?- me pregunta. Ya todo esto como que aplasta y la entiendo.

En una pared alguien dibujó con cinta de papel una maceta con flores. A pocos metros, dos flamencos muertos. Hermosos, con plumas de color rosa y blanco, pero muertos. Es todo tan tétrico.

Nos subimos al auto, damos una vuelta más y regresamos.

***

De nuevo en Carhué, nos damos cuenta de que tenemos mucho apetito. Entre vuelta y vuelta finalmente damos con una rosticería. Tenemos que comer algo antes de visitar el museo.

Las empanadas son las elegidas a la hora de comprar. Comemos en la plaza y seguimos. El museo es otra linda cada vieja, renovada, de tres salas. Una sobre los pueblos originarios, otra sobre la Campaña al Desierto y la tercera sobre los “primeros” habitantes (europeos). Mientras charlo con el encargado, me cuenta nuevamente la historia de Epecuén y me ayuda a encontrar algún ex habitante dispuesto a charlar conmigo (Rubén Besagonil). Muy dispuesto, se ofrece enviarme más información acerca del tema (los guiones de un documental que el Museo Regional Adolfo Alsina sacará en septiembre). También me invita a comprar un DVD con un documental hecho hace unos años. No me puedo resistir.

La tarde está cayendo y decidimos volver para no viajar todo el trayecto de noche. Cargamos gasoil en una estación de servicio y llenamos el termo.

-Lo pase muy lindo, más allá de lo que vimos hoy, me gustó compartir este día con vos- me dijo mi vieja

-Yo también má- le contesté.

Mientras ella está en el baño, yo me río de un cartel de Homero Simpson con la barba, la melena y la boina simulando ser el Che.

Somer, el pueblo que no es

General Rodríguez es el pueblo en el que crecí, pueblo chico, tranquilo, con sus chismes, con sus miserias. Siempre ha tenido un clima de vacaciones. Los únicos dos lugares llamativos y conocidos por todos sus habitantes son: La Serenísima y los montes de eucalipto que rodean el Hospital Vicente López y Planes. Son casi destinos de miniturismo pero extrañamente, muy poca gente conoce la existencia del leprosario y menos aun su historia. Ayudan su ubicación inhóspita y el no constituir un lugar de paso.

La Ruta 24 fue construida especialmente para unir el leprosario con el casco céntrico de General Rodríguez. Comienza en el inmenso Hospital Vicente López y Planes y termina en la entrada del actual Hospital Baldomero Sommer (ex Sanatorio-Colonia Buenos Aires). No hay chances de perderse: una línea recta une el punto “A” con el punto “B”.

Conforme avanzo desaparecen los últimos vestigios urbanos: quedó atrás el bosque de eucaliptus, la antigua morgue de la zona (tétrica por cierto), el criadero de lombrices y el abandonado tambo de La Serenísima. Lo que sigue es campo abierto a pleno sol, con las típicas variantes: algunos están arados, otros sembrados, otros inundados, eventualmente hay ganado pastando. Cándidas tranqueras resecas, derrotadas por el sol, pretenden restringir el acceso a caminos forjados a fuerza de transitarlos.

Recuerdo que en estos pagos pasaron sus últimos minutos Forza, Bina y Ferrón. Y pienso que si fuera un sicario este sería un lugar ideal para deshacerse de un cuerpo. Y pienso que alguien ya lo pensó.

A la vera de la ruta un poste marca el Km 23, un bosque de pinos corta la uniformidad de los campos y entre los troncos se pueden divisar algunas paredes blancas. Fin de la Ruta 24. A mi derecha, un arco de cemento escoltado por dos torres. En una torre cuatro gendarmes se encargan de realizar preguntas. Intentan que no se parezca a un interrogatorio aunque los fusiles colgados en las paredes no ayudan. Repasan visualmente mi D.N.I, revisan mi mochila, me miran, me preguntan, se miran, me repreguntan. En caso de no poder ingresar por las buenas, tenía preparado un plan “b” bastante básico: rodear campos, saltar alambrados y correr. Suerte que no tuve que recurrir a ese plan, si se le puede llamar así. Finalizado el trámite, avanzo sobre la calle de ingreso, se llama “Dr. Manzi”. A cien metros el cuerpo central del Hospital.

La colonia fue pensada para auto abastecerse y, por ende, tener el menor contacto posible con los centros urbanos. En las 275 hectáreas que ocupa hay: usina eléctrica, planta purificadora de agua, carpintería, cementerio, crematorio, biblioteca, proveeduría, frigorífico, animales, párroco, monjas, confitería, cárcel, teatro, radio, cuatro barrios (San Martín, Sommer, Madre de la Cruz, padre Ernau) y por supuesto huertas, muchas huertas. Los internos cosechaban sus verduras y criaban animales porque ningún proveedor se atrevía a entrar. Todas las calles están asfaltadas (excepto la que conduce al cementerio) y tienen nombres (Del Relincho, De la Guitarra, Del Estribo, De los Arrieros, De los Baqueanos, De la Zamba, Del Lago). Aquí todo es orden y limpieza.

Césped prolijo, rosales cargados, arbustos, palos borrachos, flores de todos los colores y fragancias. Hasta acá, alguien podría confundirlo con un barrio privado, estilo country, pero no. Acá no viven ricos, acá viven pobres y la seguridad es para los de afuera. El lugar es imponente, no sólo por la cantidad y calidad de las instalaciones, también porque semejante grado de planificación no puede ser otra cosa que producto del miedo. La prolijidad en los jardines es producto del tiempo invertido por quienes han tenido que pasarse la vida aquí dentro.

En total son 12 pabellones divididos en grupos de tres. Tal división actualmente no tiene sentido, pero antes, los enfermos eran separados por sexo, edad y grado de evolución de la enfermedad. Una frontera de alambre, más simbólica que efectiva, aislaba los pabellones de las instalaciones destinadas al personal médico y no médico del Hospital. En el mismo sentido y en tren de imponer fronteras, los parlatorios mediaban entre los internos y los pocos familiares que tenían los recursos económicos y la voluntad de visitar a sus parientes. El Dr. Manzi fue uno de los promotores de transformar en centros de recreación esos antiguos parlatorios.


Obregón

Camino en dirección a la Torre de agua. Un hombre está tomando sol, sentado en un tronco, solo. A su izquierda, las muletas. Tiene un rostro difícil y a priori, pocas ganas de hablar. Se miran fijo con un perro labrador, pienso que de alguna forma se comunican.

Me presento, se presenta. Nos damos la mano, mano y palma (sin falanges), para ser objetivo.

Me cuenta del perro, Cachilo se llama. No tiene dueño, todos lo quieren, todos lo cuidan.

- ¡Ah como la canción de Yapanqui!

- Si pero Cachilo era un hombre. Lo que pasa es que éste parece santiagueño, se pasa el día durmiendo.

Obregón no vino, lo trajeron por la fuerza en 1954. Oriundo de Corrientes, no pasó el examen médico para el servicio militar a causa de unas manchas blancas en su cuerpo.

- Le ponían mal de Hansen y usted ni sabía qué era. Te vamos a mandar a una colonia en Buenos Aires, donde hay equipos de fútbol, cine, baile, todo. Los médicos te dicen la misma mentira siempre. Esto era una cárcel. Si salía con permiso y volvía un día más tarde, me metían en cana. Tres meses vas a estar. Y acá estoy (Se ríe resignado)

El Hospital Nacional Baldomero Sommer recibió, desde 1941, en nombre de la salud pública a hombres y mujeres que llegaban por su voluntad (portando diagnósticos que no llegaban a entender), o contra su voluntad (arrastrados por la fuerza pública y por empujones que solían entender muy bien) con el convencimiento de que permanecerían allí tres meses para después partir. Y no habían cometido crimen o violado ley.

- En el `77 me escapé con mi mujer. Nos fuimos para criar a nuestro hijo, no se permitían chicos acá antes. Te los sacaban y los mandaban a un hogar de monjas. Ni bien nacían se los llevaban. Después mi mujer falleció y yo tuve que volver.

Obregón le está escapando al bisturí. Se dobló el pie derecho trabajando. Como se había escapado de la colonia, tenía miedo de ir a un hospital y que los médicos lo denunciaran (experiencia propia). La suspensión de la medicación, el miedo y la falta de sensibilidad en las extremidades (síntoma propio de la enfermedad), contribuyeron al deterioro de los músculos y la retracción de huesos (también síntomas de la enfermedad). Según los médicos, no se puede hacer nada más que amputarlo para evitar una infección que derive en gangrena.

Casi sin tomar aire me cuenta la negativa y el por qué.

-No me quiero cortar tampoco. Yo jugaba al futbol antes, había cuatro equipos acá. Pabellón 1,2,4 y Barrio San Martin. A veces ni suplentes teníamos, así que jugábamos con cuarenta y pico de fiebre, lastimados, sin arquero o con un abuelo que esté parado ahí aunque sea. Si se iba uno ¡listo! Perdíamos. Y si éramos menos buenos peor (risas). El arquero era siempre improvisado, si la pelota iba derecho atajaba, si iba pa´ un costado era gol. Todos hacíamos un sacrificio para jugar. Eso sí que era amor a la camiseta. Yo jugaba de cinco en Once Corazónes.

Pero, había mucha unión acá, mucho compañerismo y ahora no. Cada uno tira pa´su molino como se dice. ¿Sabes qué pasa? Hay mucha gente sana ahora. Juventud a patadas pero no pueden formar un equipo.

La juventud de la que habla Obregón son los chicos que nacieron después del 1983, antes la historia era muy distinta. Desde las instituciones religiosas con presencia en los leprosarios, nunca se propició la anticoncepción. Aún cuando desde la medicina se creía que la enfermedad se transmitía también por vía placentaria. Y allí donde los humanos van, los acompaña el sexo y obviamente, los embarazos sucedían. Después de la muerte, no había peor noticia en la comunidad que un embarazo. Porque, apenas nacían esas criaturas, eran trasladados en ambulancia a un hogar de monjas llamado Colonia Mi Esperanza (actual Fundación Felices los Niños). En tanto las madres parturientas sólo podrían visitar a sus hijos un máximo de tres veces por año, sin nunca poder tocarlos. Cruel precaución.

Pero la lepra no se transmite por vía placentaria: los hijos de quienes sufren la enfermedad llegan al mundo abrumadoramente sanos. Seguramente esto explica la construcción en 1993 del pabellón psiquiátrico usando, paradójicamente, parte de las viviendas de las Hermanas Religiosas. Corolario de tanta brutalidad, de tanto cruel despojo.

Dory

Arranco con algunos números: Dorotea (Dory para los amigos), tiene 79 años. Hace 58 que vive en el Sommer. Es no vidente desde los 19 y hace 13 que vive en el pabellón psiquiátrico. Si bien no tuvo que pasar por la traumática experiencia de que le arrebaten un bebé, no tuvo una vida para nada risueña.

Bajita, muy flaquita, las manos como garras. Su tono de voz no denota precisamente tristeza, incluso se ríe mucho con lo que alguna vez fueron labios. Habla sola, ríe sola y llora sola pero basta escucharla para entender todo.

Nos sentamos en una especie de plaza, un cartel dice: “Paseo Monseñor Áspe” y es inevitable preguntarse quién habrá sido. Hay bancos y mesas con tableros de ajedrez cerámicos. Cruzando la calle “De los Arrieros” alcanzo a leer otro cartel, dice: “Anatomía Patológica”. Acá todo es así, muy crudo: el crematorio (inactivo), está a cien metros de la proveeduría. Eso sí, el cementerio está más apartado.

Dory tiene una curiosidad lógica por ese mundo que está afuera y que naturalizó como ajeno. Volcó sobre mí una catarata de preguntas y una vez que le conté mi vida, ella me contó la suya. Fue un pacto ecuánime.

- A ellos no les gusta que uno diga “lepra”. Ellos quieren que uno diga “Hansen” o “hanseníase” pero es muy difícil decir esa palabra, así que yo digo “lepra”, ya no me da vergüenza.

Yo cuando nací mi vida comenzó mal. Después de esa fiebre, empezó la lucha allá en casa. Mamá tenía manchas y papá empezó con los ojos, ya casi no veía. Después de esa fiebre.

Sí hasta el mismo cura nos prohibió ir a la iglesia. Por los otros, por el pueblo. Nos tenían miedo.

Dorotea nació en Galcedo, Chaco. Antes de ser derivada a Colonia Buenos Aires estuvo un mes en Isla del Cerrito, uno de los cinco leprosarios que funcionaban en el país.

- Nadie sabía de dónde venía esto. Ni los médicos sabían. Entraban al pabellón con una máscara, guantes, un delantal, todo. No entraban así nomás. Yo era perfecta. Sólo tenía unas manchitas acá, así, pero después del tratamiento se me fue todo (se lamenta de no tener una foto para mostrarme)

- Pero es así hijo…

Yo no lo perdono a dios si me mandó esto. No lo perdono. Si es que él me mandó esto y todavía después me deja ciega. Con lo que a mí gustaba leer, bordar, hacer crochet.

Yo no creo en nada más, no puedo…

Dorotea está siendo tratada de su depresión pero reconocen que en estos casos, poco o nada puede hacer la psiquiatría clásica. La problemática es muy compleja porque a muchos la institución los salvó. Pero a otros les quitó el mundo y - ¿Cómo se reinserta a esa gente en la sociedad, si hace cincuenta años que están internados? Se pregunta la Jefa del Servicio de salud mental Dra. María Cristina Pesce.

- Lo cierto es que todo lo que desde la salud pública les podemos dar, se los quitamos primero. Son comprensibles los arrebatos, los enojos de algunos pacientes. Este Hospital es su casa, su familia, su oficio, su torta de cumpleños, su cena de navidad y también su verdugo. Ese posicionamiento dual y tan extremo de la institución, mina los planes de reinserción desde sus cimientos. Toda la plantilla médica del hospital es conciente de esta situación. Nos manejamos con ciertas consideraciones, el lugar, su historia lo amerita.

La Comunidad

Un cartel blanco y azul indica el camino a seguir para llegar al cementerio. Hay que caminar algo más de un kilómetro por camino de tierra. Lo limita y delimita hacia el norte el Río Cascallares, única vía de escape para muchos durante años. De momento, hay 93 tumbas, no nichos, tumbas como las de las películas. Todas con sus respectivas lápidas de cemento y placas de acero cromado. Los epitafios no varían demasiado, es que a los muertos del Sommer, los honran sus pares. En su mayoría están firmados por La Comunidad y resaltan la lucha tenaz e incansable contra la enfermedad.

Es realmente fácil ganarse la amistad de estas personas, irradian afecto, como si todos estos años de reclusión forzada lo hubiesen estado conteniendo. Me despedí de todos los que pude y me prometí, les prometí, volver para la re-inauguración de la peña folklorica “La Alegría” a principios de octubre. Dory, por su parte, me invitó a su cumpleaños así que la veo en septiembre.

Me fui con el convencimiento de que a estas personas se las debe escuchar muy atentamente interviniendo lo menos posible, básicamente porque no hay parámetros compartidos. Yo pude estremecerme con algunos relatos y quedar al borde del llanto con los silencios de Dory pero, cómo darle real dimensión (no hablo sólo de empatía). No poder olvidar las tragedias individuales me llena de angustia, pero me pone más cerca de ellos.


Gabriel Ciccarelli

El abismo del tiempo por Leandro Pafundi

¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado.

Extraído del Popol Vuh


DESPUÉS de una interminable caminata a pleno sol, llegué exhausto hasta la plaza mayor de Palenque. Fue una suerte que el lado sur estuviera bordeado por colinas repletas de frondosos árboles que me dieron un poco de respiro. En realidad, todo este lugar, de a penas unos cuantos kilómetros cuadrados, es sólo una parte de una inmensa ciudad que de a poco está siendo descubierta por el esfuerzo de incansables investigadores.

Me senté por un minuto a descansar en la sombra tratando de hacer memoria sobre cuestiones relacionadas con el costo del viaje que estaba haciendo o dilucidando a qué restaurante iría a comer esa noche, cuando de pronto oí un excepcional sonido: era un extraño eco similar al que se escucha cuando una pelota de tenis golpea en un paredón. Miré a mis costados y no vi a nadie más que algunos distraídos turistas asiáticos sacando fotos de forma despreocupada. Sin embargo, ese extravagante sonido era cada vez más fuerte. Me levanté y seguí el rastro de lo que oía. De pronto, me encontré entre dos grandes paredones, cada uno con un delgado anillo fijado en la parte superior. El cielo celeste se reflejaba en las matas del pasto y en las piedras grisáceas de ambos terraplenes. Comencé a escuchar voces, gritos y risas. Sentí que una pelota de caucho rozaba mi cabeza e iba a parar a uno de los dos paredones muy cerca de donde se situaba uno de los anillos, rebotando y golpeando fuertemente en la cabeza a un hombre semidesnudo. Sin saber cómo, estaba en medio de un partido de aquellos que se jugaban para honrar la creación del universo según el Popol Vuh, texto religioso maya, en los tiempos . Palenque residían sus habitantes originarios. Corrí lejos del campo de juego, y me acerqué a un grupo de personas que asistía interesado a lo que estaba sucediendo. Todavía desconcertado, pregunté a uno de esos hombres con rasgos indígenas qué era lo que estaba pasando.

–Se juegan la vida –dijo. “La cancha sirve como entrada al inframundo. Hunahpú e Ixbalanqué, quienes descendieron hacia Xibalbá reclamando los huesos para crearnos en el principio de los tiempos, son los que deciden si la pelota entra o no en los anillos, decidiendo así la vida de los competidores” -me respondió un hombre con nariz aguileña y la tez oscura y agregó: “hace ya dos días que juegan sin detenerse”.

No lo había notado, pero sus rostros estaban exhaustos y sus cuerpos, desgastados y maltratados. Parecían suplicar que el juego terminase y se decidiera, por fin, su suerte. Es decir, la vida o la muerte.

Me encontraba en una especie de trance cuando escuché un sonido familiar. Miré a mi costado y un hombrecillo pequeño y regordete que quería saber la hora llamó mi atención. Casi por instinto observé mi reloj y le dije mirando la gorra de baseball que llevaba puesta:

–Son las dieciocho en punto.

–Gracias, muy amable –me respondió con acento centroamericano. Dio media vuelta y se fue dando tumbos.

Cuando volví a mirar hacia el campo ya no había nada. Firmes pero víctimas del corroer del tiempo, estaban los dos terraplenes con sus respectivos anillos. Confundido, me alejé a reflexionar. Me pregunté si lo que había presenciado habría sido una alucinación, efecto del calor intenso. Mi cabeza daba interminables vueltas, así que decidí seguir con la guía estipulada.

Mi próximo destino era una hermosa e imponente pirámide que, según el folleto que tenía, se llamaba El templo de las inscripciones. De unos veinticinco metros aproximadamente, a la entrada del templo se asciende por unas largas escaleras hacia un adoratorio que corona el espléndido edificio. Entré por allí y comencé a descender por una pequeña escalinata sin saber muy bien qué encontraría en lo profundo. De a poco, la luz se fue atenuando hasta prácticamente ver lo justo y necesario para no caerme.

De pronto todas las luces eléctricas que iluminaban la descendiente gradería se apagaron. Paralizado, me encontraba en plena oscuridad. Sin saber qué hacer aguardé quieto, gritando auxilio para que alguien viniera a socorrerme. En vez de eso, comencé a oír una voz que hablaba en un idioma extraño para mí. Nunca había escuchado semejantes palabras. Pero algo extraordinario sucedió: así como los ojos paulatinamente se acostumbran a la repentina oscuridad y empiezan a diferenciar las figuras, mis oídos comenzaron a distinguir palabras de aquel extraño idioma que provenía desde el fondo del templo. A pesar del terror que sentía, mi curiosidad hizo que descendiera precavidamente los escalones que faltaban para llegar al final del recorrido.

Allí, increíblemente, una figura de tez oscura, adornada con extraños ornamentos recitaba con los ojos cerrados una plegaria que me resultaba ajena. Llevaba puesta una máscara de jade que se encargó de retirar. Su cabeza era grande, con los pómulos salientes y el negruzco pelo largo y lacio. Sus ojos almendrados tenían un pronunciado y notable pliegue que parecía de origen oriental. Lo que más me impactaba era que sus pies no se apoyaban en ninguna superficie, estaban a poca distancia por encima del suelo.

De repente, abrió los ojos y con una vos calma y grave me dijo, refiriéndose a una cruz de caña que se encontraba sobre un sepulcro:

–Mi nombre es K'inich J'anaab Pakal, Rey maya, y esa es la cruz de la liberación del hombre. La que marca las épocas, los elementos de la tierra y el universo. Dentro de muy poco tiempo, nuestro planeta se alineará con el resto del universo-. Sus ojos parecían mirar desde la profundidad de un abismo. Quizás el abismo del tiempo que nos separaba. –Cuando el calendario llegue a su término Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, dará comienzo a una nueva era: la del Sexto Sol. Por fin el hombre tomará conciencia de la inmensidad del cosmos y del ilimitado poder de Dios en el infinito.

Con esas palabras su figura se fue desdibujando paulatinamente hasta perderse en la penumbra del lugar. Salí de donde me encontraba mientras sus frases me daban vueltas y vueltas en mi mente. Excitado volví a bajar los escalones exteriores del templo, sin reparar en el cansancio ni el agobiante sol que caía y marcaba el fin del día y el comienzo de la noche.

Miré mi reloj y extrañamente estaba detenido en las once horas y once minutos. La fecha que marcaba era la del veintiuno de diciembre de dos mil doce. Confundido, emprendí la tarea de corregir la hora y la fecha, sin saber todavía, aunque lo comprendería más tarde, que se trataba del instante que mencionaba la fantasmagórica figura del templo. Me sentí un explorador ya no de paisajes sino de dimensiones. Esa tarde se había creado un puente humano de civilizaciones. Distanciadas en el tiempo lineal pero que cohabitan un espacio común al que pude acceder sin saber realmente cómo. A pesar de la destrucción y el aniquilamiento, toda gran civilización sobrevive su tiempo. Tanto en las paredes que la vio vivir, como en la historia que impide su olvido.

Luego de todo lo que esa tarde había acontecido, decidí devolver mi cuerpo cansado al hotel en el que me hospedaba. Mucho he reflexionado desde entonces. Y a pesar de lo increíble de mi relato, juro haber vivido o al menos soñado, todo lo que me he encargado de narrar y trasmitir sin saber todavía su real significado. Seguramente, nunca lo conozca.

Leandro Pafundi